Supongamos por
un instante que viajamos a un país desconocido. El vuelo es caótico, en medio
de turbulencias y agitaciones el personal del avión se muestra ansioso y
desconcertado. Nadie nos explica qué sucede, nos dice cómo comportarnos o nos
tranquiliza. Llegamos y en el aeropuerto pierden nuestro equipaje, desconocemos
el idioma y nadie hace ningún esfuerzo por comprender y atender nuestras
demandas. El clima no nos es propicio y para colmo de males llegamos al hotel
no sin dificultad para descubrir que nuestra reservación no ha sido tomada. No
conocemos casi nada del país pero sin dudas asumimos que no nos gustará, que no
será una buena experiencia y estaremos mal predispuestos para los días
subsiguientes. Por el contrario, si todo se desarrolla entre atenciones y
amabilidades nos veremos inclinados a esperar lo mejor de lo mejor de nuestra
estadía. Tal es la función materna. Somos las presentadoras del mundo ante los
ojos del niño. Sus anfitrionas y principales responsables de hacer su tránsito
lo mas agradable y provechoso posible.
El cachorro
humano (como habitualmente se denomina en psicoanálisis) nace en total estado
de indefensión. ¿Qué significa esto? Que a diferencia de las demás especies su
maduración básica no ha sido completada y deberá ser alimentado, protegido y
asistido por sus cuidadores, situación que se prolongará muchísimo mas aún que
en cualquier otro mamífero. De allí se sigue que desarrolle con las figuras
principales que atienden sus necesidades una especial relación que llamamos apego. Desde la gran difusión de las
teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud es de público conocimiento que los
primeros cinco años de vida son fundamentales para el desarrollo emocional. Aún
así, recién en el año 1988 fue el inglés John Bowlby quién desarrolló el
concepto de apego como el vínculo emocional entre el bebé y su cuidador estableciendo
la correspondencia entre la conducta y predisposición del adulto a cargo con la
respuesta afectiva del niño a éste y su posterior conducta vincular en la
adultez. De ese modo, describió cuatro tipos básicos de apego que denominó apego seguro, apego ambivalente y ansioso, apego
evitativo y apego desorganizado.
El apego
desorganizado se caracteriza por las conductas abusivas y la falta de respuesta
a las demandas del niño generando a largo plazo conductas patológicas. El apego
evitativo se da en aquellos vínculos en los cuales la falta de contacto
afectivo es la pauta principal, acompañado de altos niveles de exigencia y
concentración en el rendimiento y no en el apoyo emocional. El apego
ambivalente y ansioso es mas frecuente y se relaciona con la inseguridad que el
adulto cuidador transmite al niño respecto a su participación en el mundo. Son
adultos temerosos, que no han resuelto temores respecto a su propia infancia
generando un patrón de conducta ansioso sin un saber específico respecto a la
conducta a seguir. Esto se genera principalmente debido a que la respuesta a
las conductas del niño es cambiante en tanto no hay una posición tomada
respecto a cómo proceder en la crianza. Los niños que crecen bajo esta forma de
apego no saben realmente cuándo cuentan con su figura de apego y desarrollan
una sensación de inadecuación que suele marcar su desarrollo social e
intelectual. No logran descifrar que se está esperando de ellos ya que sus
propios padres tampoco lo saben, de modo que viven condicionados por el miedo a
decepcionar y así perder a sus principales referentes afectivos. Por último, el
apego seguro, que es aquel que pretendemos promulgar, es aquel vínculo en el cual el adulto provee apoyo
emocional incondicional y a la vez permite explorar el mundo circundante
transmitiendo confianza en la habilidad del niño de desarrollarse
adecuadamente. Los niños que logran establecer este vínculo con sus cuidadores
son niños afectivos, seguros de sí mismos, y establecen conductas sociales adecuadas
y significativas. Así enunciado suena lógico y hasta sencillo, no es más que lo
que cualquier padre que ame a sus hijos desea darle. ¿Por qué, entonces, es tan
complejo lograr mantenerse en esta postura? En principio podríamos argumentar
que uno no es tanto el padre que desea ser sino aquel que puede, marcado por
sus propias aptitudes, su historia y su personalidad. En segundo lugar, no
existe un saber (ni siquiera desde la puericultura) que indique la justa medida
en los temas concernientes a crianza. ¿Deben dormir solos? ¿Está mal que se
pasen de cama o es esperable? ¿Hasta qué
edad deben ser amamantados? ¿A horario o a demanda? ¿Es positivo el jardín
maternal o sólo un recurso para mamás que trabajan? La lista puede ser
infinita. Y el bombardeo desde los medios de comunicación -sin contar los
variados consejos familiares- suelen
marear mas que orientar.
En principio
vale la pena recordar que las necesidades de cada niño son únicas, y que mas
allá de ciertos parámetros madurativos, cada pequeño tiene su propia
personalidad con aptitudes distintas y fundamentalmente, tiempos distintos. Es
absolutamente necesario dejar de lado la exigencia de “normalidad” para lograr
la empatía necesaria con aquello que nuestro hijo nos demanda en cada
oportunidad. El riesgo, el gran riesgo, es escuchar mas nuestro deseo de hijo
(o aquello que deseamos que nuestro hijo sea) que su demanda, dejándolo
“desoído” y forzándolo a ser aquello que nos complete. ¿Significa que debemos
brindarnos sin medida ni límite? De ninguna manera. Los límites son imprescindibles, sin ellos no
hay crecimiento ni maduración posible. Pero no hay que confundir nuestro deseo
con su necesidad, nuestros temores con sus inseguridades. Apoyar sin asfixiar.
Limitar sin reprender. Acompañar sin liderar. Saber escucharlos. La regla de oro, en estos casos, es “no
ofertar, no negar”. ¿Qué? Teta, chupete, upa, mimo, compañía, apoyo escolar…y
la lista puede continuar. Lo que sí se oferta, se ofrece (no se impone) y con
entusiasmo, es lo nuevo, la taza, la cuchara, la cama, la libre locomoción…
Por último, dos
pautas invaluables son seguridad y humildad. Seguridad, de que siempre, a pesar
de los errores, somos la mejor opción para nuestros pequeños. Y humildad, para
poder reevaluar nuestro proceder paso a paso, ya que la crianza es un camino
que se hace al andar. Pasito a paso. Eligiendo a cada momento, ya que en cada
oportunidad, “lo mejor” para nuestros hijos será distinto. Y la sonrisa de
nuestro hijo, sin lugar a dudas, será nuestra mejor guía.
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