“No me cabe concebir ninguna necesidad tan importante durante
la infancia de una persona que la necesidad de sentirse protegido por un padre”
Sigmund Freud
“Sin papá estamos fritos”
Juan Cruz, 6 años
Superhéroes, poderosos,
de fuerza inacabable, puro coraje y valentía. Tal es, en el imaginario
infantil, el lugar que ocupa la impronta paterna. Sin embargo, cuan
contradictoria es esta visión del “papá Superman” con la habitual visión
femenina respecto a los padres en cuestión, y con el lugar que ocupan para el
adolescente. ¿Sucede acaso que los niños están engañados? ¿Las mamás esperamos más
de la cuenta? ¿Es el padre de hoy un padre ineficaz? El psicoanálisis dirá que
la función paterna está destinada al fracaso y aún así la considera fundante y
estructural para el psiquismo humano. Veamos, entonces, a qué se refiere tal aparente contradicción.
En primera
instancia, una salvedad. Notarán que nos referimos muchas veces a la función paterna y no estrictamente a los padres. Esto es decir que esta
función paternante no necesariamente está desarrollada por el padre biológico,
sino que puede ser encarnada por cualquier persona significativa para esa mamá,
incluso por una idea, un rasgo, una institución. Porque para el psicoanálisis,
es fundamental recordarlo, la paternidad (como así también la maternidad) no es
un hecho biológico y natural guiado por el instinto, sino una inclinación
psicológica que nace en relación a un ser necesitado de protección: el bebé.
Aclarado esto, nos
preguntamos: ¿En qué consiste la función paterna? ¿Qué se espera, socialmente,
de ese padre por advenir? Las respuestas pueden ser múltiples, de acuerdo al
imaginario personal, subjetivo y particular de cada familia. Sin embargo, uno
podría contestar, sin temor a equivocarse: TODO. ¿Cómo no va estar entonces
condenada al fracaso? ¿Cómo cubrir con éxito una demanda tan desmedida? Lo que
se espera, psicológicamente hablando de un padre es, básicamente, que proteja a
su hijo de aquello para lo cual el mismo no está protegido, esto es: la
angustia, la enfermedad, la muerte; lo accidental que irrumpe desorganizando la
prosecución normal de la vida. Nada más y nada menos. Viene a mi mente el recuerdo de la emotiva
película de Benigni: “La vida es bella”, en dónde un padre retenido con su hijoen
un campo de concentración, despliega una versión ficcionada de la realidad con
la intención de velarle al pequeño los horrores de la guerra.
Esto, que parece tan ajeno a nuestra realidad cotidiana, es una metáfora –tal
vez excesiva- de los dramas de la infancia. La labilidad emocional y la
vulnerabilidad del infante es tal, que existen muchísimos factores que pueden
ser disruptivos de la estabilidad que éste necesita para el normal desarrollo
de sus facultades. Así, pues, el padre será el garante del desarrollo infantil.
Anteriormente
mencionaba que la función paterna se establece en relación a las figuras significativas
para la madre. Tal vez sea ese un buen inicio para dar cuenta de cómo se va
estableciendo dicha operación. Nace un niño y su primer y necesario universo es
su mamá. Ésta deberá ponerse a tono con las necesidades del pequeño, lo cual
implica un tiempo psicológico distinto, regresivo, que la distancia de la vida
cotidiana. La madre se repliega, se ensimisma desde la gestación para empatizar
y ponerse en sintonía con ese niño que dependerá masivamente de ella. Dicho
proceso, naturalmente, implica que esta mujer desatienda ciertas cuestiones atinentes
al sostén del quehacer cotidiano, como así también se vuelva extremadamente
sensible, vulnerable y necesite reclinarse en alguna figura de protección que
la sostendrá a ella para que ella pueda a su vez sostener ese bebé. Así, el
primer rol paterno será ser el facilitador de la estabilidad materna, sustento
fundamental del infans. Superada la
primera infancia, vía identificaciones y Edipo mediante, la función paterna
abrirá el juego hacia la socialización, proveyendo identidad y herramientas
para el desempeño grupal entre pares. De este modo, la seguridad que confiere a
un niño ser la continuación de ese Otro idealizado, ser su heredero; como para
una niña ser la elegida y mirada por un papá amoroso, facilita la entrada del
pequeño al mundo. Antiguamente, esto tomaba forma bajo dos expresiones
culturales: la herencia de un oficio, como representante del legado paterno al
varón como herramienta para ser hombre en el mundo; y la dote: representante
simbólico del valor de esa hija para ese padre. Naturalmente, ese soporte que
ofrece el padre se descorre en la adolescencia y adultez. La imagen de un padre
poderoso y siempre eficaz es imposible de sostener, afortunadamente, para
siempre. Y decimos afortunadamente porque ¿quién no se sentiría empequeñecido
ante Otro siempre poderoso? En esta etapa, la función paterna consistirá
entonces, ya no en velar la angustia
frente a los avatares cotidianos sino mostrarse atravesados por ellos mas no
por eso inermes; es el manejo de la angustia y no su falta lo que indica el
camino a seguir .La función declina, por
ello que dice Lacan que del padre hay
que servirse primero para poder prescindir después.
Vemos entonces
porque para el psicoanálisis esta función se destina al fracaso: se trata de
crear un velo destinado a descorrerse. Hay algo de desmedido en la expectativa
sobre este rol que hace del resultado siempre una versión, a su modo,
perfectamente imperfecta de presentar la realidad. Los verdaderos fracasos de
la función paterna se dan cuando la
exposición a los aspectos mas crudos de la vida se hacen presentes, allí donde
el niño no cuenta con las herramientas aún para procesarlo. O por la contraria,
cuando la veladura es tan hermética que no hay una trasmisión de un legado,
como un mago que no revela su truco y nos deja atónitos y empequeñecidos. Allí,
sí, entonces, sobrevendrán las consecuencias de esta operación no lograda: la
angustia, los panic attack, las
adicciones.
Finalmente, cabe
recordar que quien encarna dicha función (insostenible por definición) está tan
inerme frente a lo eventual como todos los demás, lo único que cuenta a su
favor es el amor que lo lleva a hacer de su familia la causa de su deseo, y el
amor que este accionar genera en sus hijos. Este es su mayor legado, su mas
valiosa herencia. Después de todo, los Beatles no estaban tan errados. All you
need is love. Nada más.