El 21 de Septiembre de 1897
Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, le escribía a su amigo Wilhem Fliess:
“Ya no creo en mis neuróticas, mis histéricas me mienten”. Esta decepción era la
consecuencia de descubrir que la mayoría de los relatos de sus pacientes
versaban en torno a una escena de seducción que el sujeto habría padecido en su
infancia, lo cual lleva a Freud a pensar que, o bien la sociedad está plagada
de perversos o que alguna otra cuestión se jugaba en torno a esta fantasía
recurrente. Es éste un hito en la historia del psicoanálisis, en tanto da un
giro respecto a su desarrollo teórico, dispara la investigación sobre la
sexualidad infantil y da lugar al concepto de “realidad psíquica”, entendida
como la novela o versión subjetiva que cada sujeto posee respecto a su vida,
que, si bien atravesada por sus deseos y fantasías, tiene tanto o mas efecto
sobre el psiquismo que los hechos materiales. De allí su importancia.
Hoy en la clínica cotidiana, uno
puede sentirse un poco como Freud (vaya modestia), al escuchar el relato
general que circula sobre la infancia y la adolescencia y preguntarse: realmente,
¿tanto desborde existe hoy en nuestros niños y sus cuidadores, tanta violencia,
tanta prematuración como se escucha o algún fenómeno similar al que Freud
descubrió en la histeria está atravesando nuestro discurso? Entre las cosas que
circulan hoy en forma recurrente escuchamos referencias a un grado preocupante
de agresión y violencia entre los niños y hacia el adulto, una anticipación al
despertar sexual acompañada del manejo de información no esperable a la edad y
un temor cuasi irracional a la adolescencia como la máxima expresión del
desenfreno absoluto, tanto en relación al alcohol como a drogas y promiscuidad
sexual. ¿Son después de todo, nuestros niños, “no tan niños”?
En este punto, una salvedad. La
patología existe. Siempre hubo y habrá desbordes. Así como la pregunta
freudiana no invalidaba que hubiera perversos, sino que marcaba una fantasía recurrente en ciertas
patologías, lo que me interesa en esta oportunidad no es discutir la innegable existencia
de problemáticas como el bullying, la promiscuidad o el abuso de sustancias,
sino prevenir el frecuente sobrediagnóstico del que se hace uso. No toda agresión
es bullying, no toda actitud “sexual” es tal, al menos, como lo entiende un
adulto. No son pocas las mamás que azoradas ven como al día siguiente su hijo
sale corriendo a jugar gustoso con el supuesto “agresor”. Muchas veces detrás
de la pelea del recreo no se oculta la decidida intención de dañar al
compañerito (como probablemente la madre del agredido lo sentirá inicialmente
en respuesta de protección a su retoño) sino un mal control de impulsos,
intolerancia a la diferencia, descarga de tensión, necesidad de atención y
otras variables que surgen del intercambio social al que se enfrentan los
chicos en la escuela. El juego sexual, la investigación de la diferencia
sexual, el jugar a ser novios, responde mas a una satisfacción de la natural (y
sana) curiosidad infantil que a la búsqueda de una satisfacción sexual al modo
adulto que, por definición, no podrá ser lograda en esta etapa. Explorar las
posibles identificaciones y roles no representa ninguna inclinación particular.
Asegurar que un niño ES agresivo, que una nena ES “machona” es tan anticipado
como asegurar que porque juega con los bloques a las construcciones será
arquitecto. Son etapas, fases que atraviesan en su desarrollo. Si un fenómeno es recurrente y se acompaña de
todo un espectro de conductas a lo largo del tiempo, podemos hablar recién, de
algún rasgo de prevalencia. Los problemas no son los mismos a los ojos del niño
que a la mirada adulta. Aquello que a nosotros nos desvela puede ser
absolutamente pasajero para ellos. O a la contraria, ¿cuántas cosas podríamos
enumerar que para ellos constituye un verdadero drama y para el adulto es “una pavada”? Perder el muñeco preferido,
dormirse sin el cuento de las buenas noches o un simple borrón en el cuaderno
nuevo pueden, en la vida infantil, desatar tempestades. Y generalmente,
sobrellevan las peleas entre pares, por ejemplo, con mayor fluidez y
desprendimiento que los adultos. Seguramente porque en su mundo infantil es
mucho mas comprensible y tolerable el exabrupto que para nosotros; no así las
pérdidas, para las cuales necesitará un largo entrenamiento y maduración. La
realidad psíquica de unos y de otros es absolutamente distinta, la dimensión de
lo trágico y de lo tolerable está dada por lo que la estructura psíquica pueda
procesar con mayor o menor dificultad en distintos momentos, por lo que la
“novela” personal de cada sujeto dicte en cada etapa como central. Así, cuando
de niños se trata, es primordial tratar de rescatar su óptica para medir cada
evento con la adecuada significación, no interpretando desde una lectura
adulta, no significando con valoraciones propias, eventos que nos son ajenos. El
riesgo, el verdadero riesgo del sobrediagnóstico, es la etiqueta, es el rótulo,
que modela la idea que un niño tiene de sí. Simplificadamente: si decimos que
tal niño es “malo”, “problemático”, los demás lo tratarán como tal, y éste
actuará en consecuencia.
Sin embargo, dice la abuela,
“esto en mi época no pasaba”. Y tiene razón. Son fenómenos observables en las
últimas décadas. Tal vez, el porqué se encuentre en dos cambios importantes que
sufrió nuestra sociedad. El primero es la socialización cada vez mas masiva y
temprana de nuestros chicos, que si bien los prepara para un medio mas
competitivo y global, los expone tempranamente a la diferencia, y con ello a la
exploración temprana, al ejercicio de la tolerancia…La mayoría de los escolares
de hoy comparten una jornada de ocho horas en un ámbito que nos es el familiar.
Claramente es una situación que implica una sobreadaptación por parte del niño
y que desata, las más de las veces, la hipervigilancia parental respecto a los
riesgos que corre su hijo. El segundo cambio es que hoy nos preocupamos mucho más
por la infancia que antaño. La mirada del adulto está puesta en el cuidado y
formación de nuestros infantes. Cada vez es mayor la tendencia que subraya la
importancia de los cuidados en los primeros años de vida y en la formación
integral de nuestros niños. Ha sido un enorme avance para nuestra sociedad, sin
dudas, puntapié inicial para la gestión de una nueva sociedad mas humanizada.
Sin embargo, tal vez sea necesario avanzar un paso más y dirigir sobre la
problemática infantil una mirada más depurada, más desprovista de la impronta
adulta, de sus preocupaciones y sus intereses, para dar lugar a la causa de los
niños.
Por último, y a modo de
sugerencia, les dejo dos prácticas. La primera: traten de evocar su infancia,
cuáles eran sus temores, sus fantasías, sus mayores placeres. La segunda:
intenten mirar el mundo desde la perspectiva de su hijo. Sentarse en el piso,
ponerse a su altura, recostarse en su cama, pasar el rato en su rincón favorito
de juegos suele darnos otra óptica del mundo. Probablemente esto nos deje mucho
más cerca de donde deseamos estar: junto a ellos.