Mochila
nueva, cartuchera importada, cajas de lápices multicolores y todo el
merchandising imaginable de Disney, Pixar y asociados. Realmente, ¿es necesario todo eso para
aprender? Sin dudas, influencia mas en el ánimo de los niños una oferta
colorida y vistosa. Probablemente prefieran enfrentar una nueva etapa de la
mano de sus personajes mas queridos (y en definitiva, identificatorios) Mas
aún, socialmente, lo que se da en llamar portación de insignias, es decir, el
tener objetos que son reconocidos y populares entre los pares, ofrece
apoyatura, confiere seguridad y favorece la integración social. Aún así,
limitar la preparación para la escuela a una lista de útiles escolares y
uniforme nuevo parece no ser suficiente, empobrece, y nos deja la sensación de no haber cumplido del todo nuestra
parte.
La
iniciación escolar es una etapa que generalmente resulta movilizante. Es
considerada el paso definitivo a la niñez, lo cual significa la pérdida, tanto
para el niño como para el adulto de lo que quedara del bebé, del infans. Y por tanto, como todo duelo,
genera dudas y ansiedad. No pocas veces
el inicio escolar deja mas
desconcertados a los padres que a los alumnos; resulta difícil saber dónde
ubicarse, como acompañar, qué, en definitiva, necesitan nuestros hijos de
nosotros. No existe una receta para el éxito, pero en términos generales,
educadores, pedagogos y profesionales psi coincidirían en que la clave parece estribar
en cuatro palabras: Paciencia, presencia, coherencia y confianza.
Comencemos
por la paciencia. La escolarización es un proceso largo, que involucra no sólo
la formación académica y la incorporación de nuevos conocimientos sino un
proceso madurativo en donde se incorporan estrategias de aprendizaje, de
adaptación, de independencia e inserción social. Forma parte importante de lo
que se denomina socialización secundaria e implica la apertura a la comunidad extendida
y el intercambio con las “microculturas” familiares que aporta cada niño. Es un
gran paso y conlleva un enorme esfuerzo adaptativo con lo cual es de esperarse
que tome tiempo, presente reveses,
contramarchas y sea, por momentos, angustiante. Por eso mismo hay que
ofrecer apoyo, contención y ser muy, pero muy pacientes con el desempeño del
niño. Hay un dicho que dice que cuando la impaciencia entra por la puerta la
pedagogía sale por la ventana. Es importante no presionar, celebrar los logros
y acompañar allí donde se presente dificultad, recordando principalmente que no
todas las áreas del aprendizaje se dan a un mismo tiempo; más aún, que no todos
los niños poseen los mismos tiempos madurativos ni las mismas aptitudes y que
esto no es ni mejor ni peor.
En
segundo lugar, presencia. Nadie disfruta enfrentar nuevos desafíos solo. Todos
buscamos apoyo para nuestros emprendimientos. No sólo tutores y consejeros,
sino también testigos, de algún modo, de nuestro crecimiento. Es que la mirada
externa sostiene allí en donde aún me encuentro inseguro. Por eso uno comenta:
“El lunes sin falta comienzo la dieta”, “Decidimos buscar un bebé”, “Queremos
ahorrar para comprar nuestra casa”. No sólo es un anuncio. Es un pedido, una
invitación, a no permitir que se claudique en ese deseo. La presencia parental
sostiene a ese pequeño en sus ganas de aprender ahí donde surge la duda, la
dificultad, los temores. Le garantiza que eso que le demanda tanto esfuerzo
vale la pena, es lo correcto. ¿Significa esto que debemos hacer la escuela paso
a paso con nuestros hijos? ¿Hacer la tarea? ¿Está condenado al fracaso el niño
cuyos padres trabajan mucho y no siempre pueden “estar”? NO. Presencia es
hacerles saber que pueden contar con nosotros, es demostrar nuestro interés,
hacerles notar cuán importante es para nosotros su escolarización. Disfrutar
una merienda a solas post colegio, mirar alguna carpeta, interesarse en conocer
los nombres y particularidades de los docentes y compañeros que comparten gran
parte del día con nuestro hijo suele ser suficiente. Formas hay tantas como
padres. Lo importante es no desestimar, ni pensar que las cosas de la escuela
se quedan allí y son problema de las maestras.
La
coherencia, comúnmente, es una de las
actitudes más difíciles de sostener. No hace falta llegar a desarrollar un doble discurso arrollador para
que sea contraproducente para la educación escolar. Pero es necesario revisar
nuestras propias actitudes hacia el aprendizaje, la escuela y la tarea para tener en cuanta
que bagaje le trasmitimos a nuestros niños.
Frases como “pobre, ahora se le acabó lo bueno” o “que lástima que ya termina
el jardín, ya no van a jugar tanto” o “ahora pasan a tener muchas obligaciones”
trasmiten la falsa sensación de que la escuela es algo indisfrutable, aburrido,
opresivo, que sólo puede soportarse como obligación. Nada más alejado de la
verdad. El niño en edad escolar necesita y busca naturalmente aprender y toda
su libido que otrora se centrara en la resolución de la problemática
edípica, en el armado del entramado
familiar, en esta etapa se vuelca hacia el mundo y si esa natural inclinación
se contraría aparece el aburrimiento, el hastío, el fastidio…Basta observar a
un pequeño en su último tiempo de preescolar para poner en evidencia que el
estímulo y aporte que recibe le es insuficiente, lo que prima es la
insatisfacción, la inquietud; dicen sus madres: “no se cansa con nada..”. Por
otra parte, están las pequeñas incongruencias cotidianas que hacen al discurso
poco consistente. Nos quejamos de que tardan en despertarse, pero los acostamos
tarde; pretendemos que cumplimenten la tarea pero no enviamos los materiales en
tiempo y forma; consideramos una falta grave la desobediencia a la maestra pero
somos los primeros en contradecirla; esperamos que disfruten los actos pero nos
quejamos del costo del disfraz…
Por
último, y fundamental, la confianza. Elegir una institución educativa es una
inversión en el futuro de nuestros hijos. Del mismo modo en que a nadie se le
ocurriría comprar acciones de una empresa y gritar a los cuatro vientos lo
deficiente que es, las críticas exageradas al colegio, directivos y maestros
socavan el vínculo amoroso que el chico necesita establecer con su entorno para
poder aprender debidamente. Las dudas o pequeñas insatisfacciones que seguramente
surgirán en el trascurso de la formación escolar del niño es deseable que sean
esclarecidas en un ámbito de buen trato y mutua cooperación. Es imprescindible lograr
este acto de confianza que representa sostener, a pesar de las diferencias, la
elección de la institución que elegimos para educar a nuestros hijos y si llegara a hacerse cuesta arriba tal vez
sea el momento de reevaluar si estamos en la institución adecuada, o si por el
contrario, nuestras expectativas son
excesivas.
No
es fácil no incurrir en ninguna falta. Casi imposible, diría, a lo largo de la
extensa vida escolar. Pero bien vale la reflexión. Después de todo se trata
–nada mas y nada menos- de las herramientas que les ofrecemos para su futuro.