martes, 23 de octubre de 2012

Ese hijo “especial”: Cuando el mandato se transforma en encerrona


“Yo soy yo y mi circunstancia y sino la salvo a ella no me salvo yo” rezaba Ortega y Gasset. Con esta expresión, el filósofo español se refería a su particular modo de concebir al hombre. Éste, según el autor, no es sino “en el mundo”, parte inseparable de su entorno, condicionado por su historia, su cultura, su época; a la vez que su destino y tarea es modificar aquello que lo circunda.
Para el psicoanálisis, el ser humano está condicionado no sólo por su constitución (genética y hereditaria), sus experiencias infantiles y su situación actual (triada que denominamos series complementarias), sino que va aún mas allá y plantea que somos precedidos por el lenguaje, por nuestra cultura, que somos “hablados” por un otro que nos nomina. Detengámonos momentáneamente aquí. ¿Qué significa esto? Que nuestra identidad nos precede. Desde el mismísimo instante en que se abre en una mujer el deseo de un hijo. Mas aún si se quiere, desde que, jugando con muñecas, esta mujer se fue pensando a sí misma como madre. Esa es nuestra prehistoria. Desde ese momento, comenzará a configurarse la fantasía de cómo será ese niño y se ira plasmando, por ejemplo, en la elección de un nombre.
Ya nacido, es el mundo adulto el que decodifica la demanda infantil y le provee significación creando, modelando, una identidad que este niño adoptará como propia. De este modo, uno transmite tanto consciente como inconscientemente, deseos, gustos, frustraciones, temores...como diría Serrat, “con la leche templada y en cada canción”. Y no sólo es inevitable, es una operatoria necesaria. Nada mas terrible para un niño que nadie le desee nada, que nadie tema por él, que nadie lo considere su prolongación. Pensemos en los cuentos infantiles. En un gran número de ellos el recién nacido recibe dones, conjuros, hechizos, augurios, apenas en la cuna, que condicionan su destino. Pues bien, en la vida real tenemos estas cuestiones que en los padres aparecen como deseo, como faltantes, como carencias o imposiciones y se trasladan a sus hijos configurando el mandato, con el cuál,  (ay!) deberemos vérnoslas de adultos. Pero en los tiempos primordiales de la gesta de un niño, el mandato es la indispensable “guía práctica” de cómo ser en el mundo. Ya llegará el tiempo (la adolescencia) de cuestionar estas máximas.
Claro…hay mandatos y mandatos. Y a eso me refiero cuando digo un hijo “especial”. A esos niños que, por la historia que los precede, por las circunstancias de su nacimiento, recae sobre ellos un mandato que los ubica en un lugar en el cual quedan retenidos por el goce materno. Chicos que, por las mismas características de esta identidad conferida por la mirada adulta, les queda velada la salida, el cuestionamiento, la separación que les es necesaria para diferenciarse y crecer. Entonces, el prematuro es “tan chiquito que hay que cuidarlo más”, el gestado por fertilización asistida es “un milagro”, el que nace cercano a una pérdida importante se transforma en “un motivo por el cual vivir”, el que nace con alguna enfermedad o discapacidad es “el que necesita cuidados especiales” y la lista podría continuar. Creo que todos podremos coincidir en que son lugares muy difíciles de sostener, alienantes,  excesivos, mas aún para una criatura. ¿Quiere decir esto que esos pequeños que nacen en estas circunstancias particulares están condenados a portar estas identidades que lo atan para siempre a sus padres? No necesariamente. Una buena amiga nació muy prematuramente, en una época en la cual no existían los avances tecnológicos de hoy. Fue un bebé de altísimo riesgo, recibió asistencia extrema en los meses en los cuales su vida pendía de un hilo. Y sin embargo… sin embargo esto le mereció el título de luchadora, no de débil y vulnerable. Y sin dudas lo es. A lo que hago referencia entonces es que dependerá de cómo atraviesen esas circunstancias particulares los adultos a cargo. A menudo se habla del síndrome de “el niño de oro”. Esto se genera cuando el deseo y el aferramiento a ese chiquito son tan masivos que redunda en cuidados excesivos, en ausencia de límites, en sobreprotección alienante.
No es fácil. En absoluto. La angustia de una mamá al dejar a su nene en Neonatología puede ser inmensa. Asusta que ese pequeñito que tuvo o tiene alguna enfermedad severa retome su vida normal. Cuesta, infinitamente, hacer a un lado los duelos y el dolor personal para  brindarse a ese hijo.  No siempre es un acto de voluntad. La alternativa es asumir la realidad que nos toca, no negar los sentimientos que nos suscita (que son absolutamente válidos y normales) y ponerlos a trabajar. En primera instancia, reclamar el derecho a un trato humanizante que contemple los aspectos psicológicos tanto del niño como de sus padres en partos, intervenciones, internaciones, seguimientos médicos. En segundo lugar, acudir a la ayuda especializada de psicólogos perinatales para atravesar estas circunstancias. Y por último, recordar que nunca es tarde para desandar el camino. Viene bien cada tanto sentarse a conocer a nuestros hijos, a observarlos, a escucharlos y aprender a descifrar juntos quién y cómo quiere ser y acompañarlo en esa aventura.

lunes, 27 de agosto de 2012

El apego


Supongamos por un instante que viajamos a un país desconocido. El vuelo es caótico, en medio de turbulencias y agitaciones el personal del avión se muestra ansioso y desconcertado. Nadie nos explica qué sucede, nos dice cómo comportarnos o nos tranquiliza. Llegamos y en el aeropuerto pierden nuestro equipaje, desconocemos el idioma y nadie hace ningún esfuerzo por comprender y atender nuestras demandas. El clima no nos es propicio y para colmo de males llegamos al hotel no sin dificultad para descubrir que nuestra reservación no ha sido tomada. No conocemos casi nada del país pero sin dudas asumimos que no nos gustará, que no será una buena experiencia y estaremos mal predispuestos para los días subsiguientes. Por el contrario, si todo se desarrolla entre atenciones y amabilidades nos veremos inclinados a esperar lo mejor de lo mejor de nuestra estadía. Tal es la función materna. Somos las presentadoras del mundo ante los ojos del niño. Sus anfitrionas y principales responsables de hacer su tránsito lo mas agradable y provechoso posible.
El cachorro humano (como habitualmente se denomina en psicoanálisis) nace en total estado de indefensión. ¿Qué significa esto? Que a diferencia de las demás especies su maduración básica no ha sido completada y deberá ser alimentado, protegido y asistido por sus cuidadores, situación que se prolongará muchísimo mas aún que en cualquier otro mamífero. De allí se sigue que desarrolle con las figuras principales que atienden sus necesidades una especial relación que llamamos apego. Desde la gran difusión de las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud es de público conocimiento que los primeros cinco años de vida son fundamentales para el desarrollo emocional. Aún así, recién en el año 1988 fue el inglés John Bowlby quién desarrolló el concepto de apego como el vínculo emocional entre el bebé y su cuidador estableciendo la correspondencia entre la conducta y predisposición del adulto a cargo con la respuesta afectiva del niño a éste y su posterior conducta vincular en la adultez. De ese modo, describió cuatro tipos básicos de apego que denominó apego seguro, apego ambivalente y ansioso, apego evitativo y apego desorganizado.
El apego desorganizado se caracteriza por las conductas abusivas y la falta de respuesta a las demandas del niño generando a largo plazo conductas patológicas. El apego evitativo se da en aquellos vínculos en los cuales la falta de contacto afectivo es la pauta principal, acompañado de altos niveles de exigencia y concentración en el rendimiento y no en el apoyo emocional. El apego ambivalente y ansioso es mas frecuente y se relaciona con la inseguridad que el adulto cuidador transmite al niño respecto a su participación en el mundo. Son adultos temerosos, que no han resuelto temores respecto a su propia infancia generando un patrón de conducta ansioso sin un saber específico respecto a la conducta a seguir. Esto se genera principalmente debido a que la respuesta a las conductas del niño es cambiante en tanto no hay una posición tomada respecto a cómo proceder en la crianza. Los niños que crecen bajo esta forma de apego no saben realmente cuándo cuentan con su figura de apego y desarrollan una sensación de inadecuación que suele marcar su desarrollo social e intelectual. No logran descifrar que se está esperando de ellos ya que sus propios padres tampoco lo saben, de modo que viven condicionados por el miedo a decepcionar y así perder a sus principales referentes afectivos. Por último, el apego seguro, que es aquel que pretendemos promulgar, es aquel  vínculo en el cual el adulto provee apoyo emocional incondicional y a la vez permite explorar el mundo circundante transmitiendo confianza en la habilidad del niño de desarrollarse adecuadamente. Los niños que logran establecer este vínculo con sus cuidadores son niños afectivos, seguros de sí mismos, y establecen conductas sociales adecuadas y significativas. Así enunciado suena lógico y hasta sencillo, no es más que lo que cualquier padre que ame a sus hijos desea darle. ¿Por qué, entonces, es tan complejo lograr mantenerse en esta postura? En principio podríamos argumentar que uno no es tanto el padre que desea ser sino aquel que puede, marcado por sus propias aptitudes, su historia y su personalidad. En segundo lugar, no existe un saber (ni siquiera desde la puericultura) que indique la justa medida en los temas concernientes a crianza. ¿Deben dormir solos? ¿Está mal que se pasen de cama o  es esperable? ¿Hasta qué edad deben ser amamantados? ¿A horario o a demanda? ¿Es positivo el jardín maternal o sólo un recurso para mamás que trabajan? La lista puede ser infinita. Y el bombardeo desde los medios de comunicación -sin contar los variados consejos familiares-  suelen marear mas que orientar.
En principio vale la pena recordar que las necesidades de cada niño son únicas, y que mas allá de ciertos parámetros madurativos, cada pequeño tiene su propia personalidad con aptitudes distintas y fundamentalmente, tiempos distintos. Es absolutamente necesario dejar de lado la exigencia de “normalidad” para lograr la empatía necesaria con aquello que nuestro hijo nos demanda en cada oportunidad. El riesgo, el gran riesgo, es escuchar mas nuestro deseo de hijo (o aquello que deseamos que nuestro hijo sea) que su demanda, dejándolo “desoído” y forzándolo a ser aquello que nos complete. ¿Significa que debemos brindarnos sin medida ni límite? De ninguna manera.  Los límites son imprescindibles, sin ellos no hay crecimiento ni maduración posible. Pero no hay que confundir nuestro deseo con su necesidad, nuestros temores con sus inseguridades. Apoyar sin asfixiar. Limitar sin reprender. Acompañar sin liderar. Saber escucharlos. La regla de oro, en estos casos, es “no ofertar, no negar”. ¿Qué? Teta, chupete, upa, mimo, compañía, apoyo escolar…y la lista puede continuar. Lo que sí se oferta, se ofrece (no se impone) y con entusiasmo, es lo nuevo, la taza, la cuchara, la cama, la libre locomoción…
Por último, dos pautas invaluables son seguridad y humildad. Seguridad, de que siempre, a pesar de los errores, somos la mejor opción para nuestros pequeños. Y humildad, para poder reevaluar nuestro proceder paso a paso, ya que la crianza es un camino que se hace al andar. Pasito a paso. Eligiendo a cada momento, ya que en cada oportunidad, “lo mejor” para nuestros hijos será distinto. Y la sonrisa de nuestro hijo, sin lugar a dudas, será nuestra mejor guía.

miércoles, 13 de junio de 2012

“Mamá, ¡quiero!!! Papá, ¡comprame!!”
Los niños y el consumo

Todos, quien más, quien menos, hemos asistido (o padecido) la escena. Niños llorando desgarrados, gritando, suplicando como si en ello se les fuera la vida, que les sea concedido el deseo de obtener tal o cuál beneficio. A veces, el pedido es hiperespecífico, tal juguete de tal marca que sale tanto y  vio en aquella juguetería. Otras, simplemente el pedido es “comprame algo (no importa qué). Y no es cuestión de si se trata sólo de unos caramelos o de algo costosísimo, lo que desconcierta, lo que desbarata, es el ímpetu de la demanda. ¿Consumismo extremo, capricho o qué?
En principio es meritorio hacer una inspección del entorno en el cuál crecen nuestros chicos. Están profundamente inmersos en el mercado comercial, no sólo porque asisten diariamente a nuestro propio consumo sino que además se han transformado en uno de los sectores con mayor actividad. Se estima que la mayor parte de los ingresos de una familia se dedican a sus niños y no refiriéndonos exclusivamente a salud, escolaridad, manutención y vestido, sino que el primer premio, por lejos,  se lo llevan los entretenimientos, los juguetes y el merchandising de turno. Otro aspecto significativo es la exposición permanente a la publicidad. Si nosotros, adultos, sucumbimos diariamente a la tentación, cuánto mas efecto tendrán sobre ellos recursos tales como imágenes vistosas, canciones pegadizas y la visón idealizada de un otro gozando del producto en cuestión.
Más allá de cuestiones de índole educativa y  sociológica, desde la psicología, la demanda en la infancia posee su propia significación. En principio, los niños presentan una natural avidez. ¿Y esto qué significa?  Es el ansia o deseo irrefrenable por un objeto o situación determinada. Para los chicos, el mundo es nuevo, maravilloso, lleno de curiosidades y misterios a descubrir y es esa misma ansiedad que los lleva a demandar masivamente la responsable de su incesante y veloz aprendizaje. ¿Significa esto que debemos atender a sus deseos sin objeción? Desde ya que no, pero tal vez sea aconsejable ser mas tolerantes ante su incapacidad para el aplazamiento de deseos y su pobre capacidad de espera. Para decirlo de otro modo, la avidez es un impulso a encauzar, no a refrenar.
En segundo lugar, la demanda permanente no oculta otra cosa mas que demanda de amor. Nadie tan necesitado de presencia, mirada y confirmación de afecto como un pequeño, que se sabe indefenso y busca en sus adultos y en el apego a su figura la seguridad que necesita para lanzarse al mundo. Y cuanto mas inseguro respecto a sí mismo, cuanto mas difusa la sensación de presencia parental, mas concreta debe ser la muestra de afecto, en forma de regalos, privilegios y exclusividad. No es necesario pensar en el extremo de una carencia afectiva. A veces, simplemente, nos sienten lejos, sea porque nuestro deseo anda por otra parte o porque alguna dificultad nos abruma por demás dejando poco espacio para anidar sus necesidades.
¿Qué hacer, entonces, con el pedigüeño? Desde ya, la censura no es una opción. No sólo no va a coartar su ansiedad sino que es probable que agudice la sensación de carencia y frustración. Lo ideal, retomando lo anteriormente dicho, es encauzar. Vale decir, educar. Porque el deseo no sólo puede ser, sino debe ser “civilizable”. Es altamente positivo incluso alentar a nuestros hijos a proseguir su deseo, pero parte de la función parental es ayudar a identificarlo, a planificar su concreción y apoyar en la adquisición de la capacidad de espera. Algunas sugerencias son

  • Escuchar que es lo que realmente desea nuestro hijo. El pedido de una salida o un paseo puede ocultar la necesidad de un momento con nosotros, mas que el entretenimiento en sí mismo. Por ejemplo, un pequeñín conocido hacía berrinches frente a la panadería del barrio. Al ser interrogado por su expectativa, declaraba que quería “comprar cosas ricas así venían todos (la familia) a merendar”
  •  Ofrecer alternativas mas saludables o que nos parezcan mayormente enriquecedoras.
  •  Identificar la función que cumple el objeto deseado y relevar que ésta no sea cumplida por otros objetos que ya se posee. Muchas veces, ayudar a resignificar juguetes que ya se tienen despierta mayor entusiasmo que la nueva adquisición (por ejemplo, usar los bloques de encastre para construir murallas, ciudades, etc.) Además, estimula el juego creativo.
  •  Interrogar, por otro lado, las fantasías de quién están en juego. Aunque parezca mentira, muchas veces adquirimos cosas que son deseables para nosotros mas no por nuestros niños, ya sea por propio gusto o por lo que esperamos que ese chico sea.
  •  No sucumbir a la tentación de comprar regalos sofisticados que superen por mucho las habilidades del niño. Por vistoso que sea, un regalo que no sea “jugable” aumentará la frustración y sensación de vacío.
  •  Promover la elección. No sólo es positivo que no adquiera todo lo que desea, sino que es un excelente ejercicio establecer prioridades e identificar que desea más. Ayudar y guiar en la adquisición de la capacidad de espera. Fomentar el ahorro, planificar la compra, e incluso elegir anticipadamente los momentos en los que se realizará (por ejemplo: “Los viernes a la salida del jardín vamos al kiosco”) son buenas estrategias a la hora de aplazar los impulsos.
  • Por último: disfrutarlo. No conceder los deseos renegando ni a las apuradas. Recordar siempre que la principal función de la compra no es el objeto en sí mismo sino mimarlos y por qué no, gozar con su alegría.

jueves, 12 de abril de 2012

Los celos

Nace el nuevo integrante de la familia y no hay tía, suegra, madre o vecina que se sustraiga a la pregunta de rigor: “Y el mayor ¿está celoso?” Pregunta que, por supuesto, desata múltiples reacciones: negación, empatía, fastidio, temor, pero mayormente CULPA. ¿Por qué? Porque no hay madre en el planeta que desee que su hijo se sienta poco querido o desplazado. Desmitifiquemos, entonces, al monstruo.
Muchas mamás creen que si su hijo manifiesta celos algo no anda bien. Suponen que el pequeño no ha podido procesarlo (luego, lo viven como una falencia del niño) o bien que ellos como padres no han sabido sobrellevar la situación (por lo cual la falla recae sobre ellos). Es una tendencia en crecimiento la expectativa de criar hijos superados, es decir, que no se equivoquen, que no hagan caprichos, que no se pasen de cama, que no desobedezcan, que no se angustien, que no peleen, que no ensucien…chicos que no sean chicos, digo yo. Porque criar se ha transformado en un MUST más de la vida moderna. No sólo hay que ser exitosos, bellos y productivos sino que además hay que criar chicos perfectos, de propaganda.
Primera aclaración entonces: LOS CELOS SON ABSOLUTAMENTE NORMALES, al igual que muchos otros sentimientos falsamente llamados “negativos” como la envidia, el enojo o la angustia, los cuáles son esperables, cotidianos y profundamente humanos. ¿O quién puede decir que nunca los padeció? Lo negativo (o positivo) será cómo se manifiestan, es decir, si el niño puede tramitar esta angustia de un modo no destructivo y socialmente aceptable. ¿Qué quiere decir esto? Un chico que se enferma recurrentemente o ve afectado su desempeño escolar, o sostiene por un período prolongado de tiempo conductas inapropiadas para su edad, o sufre alteraciones del sueño, de la alimentación o del juego, es un niño al cuál le está resultando dificultoso encontrar una vía de expresión válida. Lo importante es entonces cómo se expresa y no la ausencia de los celos. Más aún, los celos demuestran en algún punto que ciertos procesos se han dado con corrección, a saber:

  • El vínculo parental es afectivo y satisfactorio. Nadie cela algo que no aprecia.
  • El niño registra la llegada del bebé y es consciente de que ello modificará su mundo.
  • Acepta que es un proceso irreversible.

Entonces bien, ¿cómo ayudar a nuestro pequeño a atravesar esta etapa? Van, a continuación, algunas generalidades a modo de tips.

  • No intentar anular la diferencia. Es una realidad tajante que de ahora en más, y para toda la vida, muchas veces deberá esperar o será otro el beneficiado. Y deberá aprender a tolerarlo.
  • No ridiculizar sus sentimientos ni evidenciar sus pequeñas regresiones, no es necesario agregar a los celos la vergüenza.
  • No dejar de manifestar cariño al bebé delante del niño, más bien, hacerlo partícipe de ese momento. A querer se aprende. Y se enseña.
  • No castigar sus exabruptos. Claramente deben establecerse límites pero sin sancionar moralmente. Retarlo excesivamente suele devenir en mayor resentimiento hacia el bebé.
  • Naturalizar sus sentimientos.  Puede ser muy positivo comentar con el niño como manejamos nosotros mismos nuestro malestar.
  • Proveerle un espacio de exclusividad: un paseo compartido, una actividad de la cual no participe el bebé (hay muchas) y hacer de éste un momento especial.
  • Una actividad muy placentera y provechosa es recordar cuando él era bebé. Los álbumes fotográficos o la misma ropita que reciclamos para el menor pueden ser un buen disparador.  Es altamente tranquilizador y efectivo recordar que él recibió los mismos cuidados.
  • Nunca, jamás, aunque deba morderse la lengua, hacer comparaciones.
  • Y no cargar al niño con la responsabilidad del “hermano mayor”. Ni debe entender, ni debe cuidar, ni dar el ejemplo. Es tan hijo uno como otro. Cuidar y educar es trabajo de mamá y papá

Y por último, ¿cuándo preocuparnos? Básicamente, dos indicadores: tiempo e intensidad. Si se prolonga la situación en el tiempo (teniendo en cuenta que el pico de los celos se produce entre los 6 meses y los 2 años del menor) o si las conductas con las que se manifiestan involucran el normal desarrollo del pequeño, puede ser beneficiosa una consulta profesional.