miércoles, 13 de junio de 2012

“Mamá, ¡quiero!!! Papá, ¡comprame!!”
Los niños y el consumo

Todos, quien más, quien menos, hemos asistido (o padecido) la escena. Niños llorando desgarrados, gritando, suplicando como si en ello se les fuera la vida, que les sea concedido el deseo de obtener tal o cuál beneficio. A veces, el pedido es hiperespecífico, tal juguete de tal marca que sale tanto y  vio en aquella juguetería. Otras, simplemente el pedido es “comprame algo (no importa qué). Y no es cuestión de si se trata sólo de unos caramelos o de algo costosísimo, lo que desconcierta, lo que desbarata, es el ímpetu de la demanda. ¿Consumismo extremo, capricho o qué?
En principio es meritorio hacer una inspección del entorno en el cuál crecen nuestros chicos. Están profundamente inmersos en el mercado comercial, no sólo porque asisten diariamente a nuestro propio consumo sino que además se han transformado en uno de los sectores con mayor actividad. Se estima que la mayor parte de los ingresos de una familia se dedican a sus niños y no refiriéndonos exclusivamente a salud, escolaridad, manutención y vestido, sino que el primer premio, por lejos,  se lo llevan los entretenimientos, los juguetes y el merchandising de turno. Otro aspecto significativo es la exposición permanente a la publicidad. Si nosotros, adultos, sucumbimos diariamente a la tentación, cuánto mas efecto tendrán sobre ellos recursos tales como imágenes vistosas, canciones pegadizas y la visón idealizada de un otro gozando del producto en cuestión.
Más allá de cuestiones de índole educativa y  sociológica, desde la psicología, la demanda en la infancia posee su propia significación. En principio, los niños presentan una natural avidez. ¿Y esto qué significa?  Es el ansia o deseo irrefrenable por un objeto o situación determinada. Para los chicos, el mundo es nuevo, maravilloso, lleno de curiosidades y misterios a descubrir y es esa misma ansiedad que los lleva a demandar masivamente la responsable de su incesante y veloz aprendizaje. ¿Significa esto que debemos atender a sus deseos sin objeción? Desde ya que no, pero tal vez sea aconsejable ser mas tolerantes ante su incapacidad para el aplazamiento de deseos y su pobre capacidad de espera. Para decirlo de otro modo, la avidez es un impulso a encauzar, no a refrenar.
En segundo lugar, la demanda permanente no oculta otra cosa mas que demanda de amor. Nadie tan necesitado de presencia, mirada y confirmación de afecto como un pequeño, que se sabe indefenso y busca en sus adultos y en el apego a su figura la seguridad que necesita para lanzarse al mundo. Y cuanto mas inseguro respecto a sí mismo, cuanto mas difusa la sensación de presencia parental, mas concreta debe ser la muestra de afecto, en forma de regalos, privilegios y exclusividad. No es necesario pensar en el extremo de una carencia afectiva. A veces, simplemente, nos sienten lejos, sea porque nuestro deseo anda por otra parte o porque alguna dificultad nos abruma por demás dejando poco espacio para anidar sus necesidades.
¿Qué hacer, entonces, con el pedigüeño? Desde ya, la censura no es una opción. No sólo no va a coartar su ansiedad sino que es probable que agudice la sensación de carencia y frustración. Lo ideal, retomando lo anteriormente dicho, es encauzar. Vale decir, educar. Porque el deseo no sólo puede ser, sino debe ser “civilizable”. Es altamente positivo incluso alentar a nuestros hijos a proseguir su deseo, pero parte de la función parental es ayudar a identificarlo, a planificar su concreción y apoyar en la adquisición de la capacidad de espera. Algunas sugerencias son

  • Escuchar que es lo que realmente desea nuestro hijo. El pedido de una salida o un paseo puede ocultar la necesidad de un momento con nosotros, mas que el entretenimiento en sí mismo. Por ejemplo, un pequeñín conocido hacía berrinches frente a la panadería del barrio. Al ser interrogado por su expectativa, declaraba que quería “comprar cosas ricas así venían todos (la familia) a merendar”
  •  Ofrecer alternativas mas saludables o que nos parezcan mayormente enriquecedoras.
  •  Identificar la función que cumple el objeto deseado y relevar que ésta no sea cumplida por otros objetos que ya se posee. Muchas veces, ayudar a resignificar juguetes que ya se tienen despierta mayor entusiasmo que la nueva adquisición (por ejemplo, usar los bloques de encastre para construir murallas, ciudades, etc.) Además, estimula el juego creativo.
  •  Interrogar, por otro lado, las fantasías de quién están en juego. Aunque parezca mentira, muchas veces adquirimos cosas que son deseables para nosotros mas no por nuestros niños, ya sea por propio gusto o por lo que esperamos que ese chico sea.
  •  No sucumbir a la tentación de comprar regalos sofisticados que superen por mucho las habilidades del niño. Por vistoso que sea, un regalo que no sea “jugable” aumentará la frustración y sensación de vacío.
  •  Promover la elección. No sólo es positivo que no adquiera todo lo que desea, sino que es un excelente ejercicio establecer prioridades e identificar que desea más. Ayudar y guiar en la adquisición de la capacidad de espera. Fomentar el ahorro, planificar la compra, e incluso elegir anticipadamente los momentos en los que se realizará (por ejemplo: “Los viernes a la salida del jardín vamos al kiosco”) son buenas estrategias a la hora de aplazar los impulsos.
  • Por último: disfrutarlo. No conceder los deseos renegando ni a las apuradas. Recordar siempre que la principal función de la compra no es el objeto en sí mismo sino mimarlos y por qué no, gozar con su alegría.

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