sábado, 12 de octubre de 2013

Con ojos de niño

El 21 de Septiembre de 1897 Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, le escribía a su amigo Wilhem Fliess: “Ya no creo en mis neuróticas, mis histéricas me mienten”. Esta decepción era la consecuencia de descubrir que la mayoría de los relatos de sus pacientes versaban en torno a una escena de seducción que el sujeto habría padecido en su infancia, lo cual lleva a Freud a pensar que, o bien la sociedad está plagada de perversos o que alguna otra cuestión se jugaba en torno a esta fantasía recurrente. Es éste un hito en la historia del psicoanálisis, en tanto da un giro respecto a su desarrollo teórico, dispara la investigación sobre la sexualidad infantil y da lugar al concepto de “realidad psíquica”, entendida como la novela o versión subjetiva que cada sujeto posee respecto a su vida, que, si bien atravesada por sus deseos y fantasías, tiene tanto o mas efecto sobre el psiquismo que los hechos materiales. De allí su importancia.
Hoy en la clínica cotidiana, uno puede sentirse un poco como Freud (vaya modestia), al escuchar el relato general que circula sobre la infancia y  la adolescencia y preguntarse: realmente, ¿tanto desborde existe hoy en nuestros niños y sus cuidadores, tanta violencia, tanta prematuración como se escucha o algún fenómeno similar al que Freud descubrió en la histeria está atravesando nuestro discurso? Entre las cosas que circulan hoy en forma recurrente escuchamos referencias a un grado preocupante de agresión y violencia entre los niños y hacia el adulto, una anticipación al despertar sexual acompañada del manejo de información no esperable a la edad y un temor cuasi irracional a la adolescencia como la máxima expresión del desenfreno absoluto, tanto en relación al alcohol como a drogas y promiscuidad sexual. ¿Son después de todo, nuestros niños, “no tan niños”?
En este punto, una salvedad. La patología existe. Siempre hubo y habrá desbordes. Así como la pregunta freudiana no invalidaba que hubiera perversos, sino que marcaba una fantasía recurrente en ciertas patologías, lo que me interesa en esta oportunidad no es discutir la innegable existencia de problemáticas como el bullying, la promiscuidad o el abuso de sustancias, sino prevenir el frecuente sobrediagnóstico del que se hace uso. No toda agresión es bullying, no toda actitud “sexual” es tal, al menos, como lo entiende un adulto. No son pocas las mamás que azoradas ven como al día siguiente su hijo sale corriendo a jugar gustoso con el supuesto “agresor”. Muchas veces detrás de la pelea del recreo no se oculta la decidida intención de dañar al compañerito (como probablemente la madre del agredido lo sentirá inicialmente en respuesta de protección a su retoño) sino un mal control de impulsos, intolerancia a la diferencia, descarga de tensión, necesidad de atención y otras variables que surgen del intercambio social al que se enfrentan los chicos en la escuela. El juego sexual, la investigación de la diferencia sexual, el jugar a ser novios, responde mas a una satisfacción de la natural (y sana) curiosidad infantil que a la búsqueda de una satisfacción sexual al modo adulto que, por definición, no podrá ser lograda en esta etapa. Explorar las posibles identificaciones y roles no representa ninguna inclinación particular. Asegurar que un niño ES agresivo, que una nena ES “machona” es tan anticipado como asegurar que porque juega con los bloques a las construcciones será arquitecto. Son etapas, fases que atraviesan en su desarrollo.  Si un fenómeno es recurrente y se acompaña de todo un espectro de conductas a lo largo del tiempo, podemos hablar recién, de algún rasgo de prevalencia. Los problemas no son los mismos a los ojos del niño que a la mirada adulta. Aquello que a nosotros nos desvela puede ser absolutamente pasajero para ellos. O a la contraria, ¿cuántas cosas podríamos enumerar que para ellos constituye un verdadero drama y para el adulto es  “una pavada”? Perder el muñeco preferido, dormirse sin el cuento de las buenas noches o un simple borrón en el cuaderno nuevo pueden, en la vida infantil, desatar tempestades. Y generalmente, sobrellevan las peleas entre pares, por ejemplo, con mayor fluidez y desprendimiento que los adultos. Seguramente porque en su mundo infantil es mucho mas comprensible y tolerable el exabrupto que para nosotros; no así las pérdidas, para las cuales necesitará un largo entrenamiento y maduración. La realidad psíquica de unos y de otros es absolutamente distinta, la dimensión de lo trágico y de lo tolerable está dada por lo que la estructura psíquica pueda procesar con mayor o menor dificultad en distintos momentos, por lo que la “novela” personal de cada sujeto dicte en cada etapa como central. Así, cuando de niños se trata, es primordial tratar de rescatar su óptica para medir cada evento con la adecuada significación, no interpretando desde una lectura adulta, no significando con valoraciones propias, eventos que nos son ajenos. El riesgo, el verdadero riesgo del sobrediagnóstico, es la etiqueta, es el rótulo, que modela la idea que un niño tiene de sí. Simplificadamente: si decimos que tal niño es “malo”, “problemático”, los demás lo tratarán como tal, y éste actuará en consecuencia.
Sin embargo, dice la abuela, “esto en mi época no pasaba”. Y tiene razón. Son fenómenos observables en las últimas décadas. Tal vez, el porqué se encuentre en dos cambios importantes que sufrió nuestra sociedad. El primero es la socialización cada vez mas masiva y temprana de nuestros chicos, que si bien los prepara para un medio mas competitivo y global, los expone tempranamente a la diferencia, y con ello a la exploración temprana, al ejercicio de la tolerancia…La mayoría de los escolares de hoy comparten una jornada de ocho horas en un ámbito que nos es el familiar. Claramente es una situación que implica una sobreadaptación por parte del niño y que desata, las más de las veces, la hipervigilancia parental respecto a los riesgos que corre su hijo. El segundo cambio es que hoy nos preocupamos mucho más por la infancia que antaño. La mirada del adulto está puesta en el cuidado y formación de nuestros infantes. Cada vez es mayor la tendencia que subraya la importancia de los cuidados en los primeros años de vida y en la formación integral de nuestros niños. Ha sido un enorme avance para nuestra sociedad, sin dudas, puntapié inicial para la gestión de una nueva sociedad mas humanizada. Sin embargo, tal vez sea necesario avanzar un paso más y dirigir sobre la problemática infantil una mirada más depurada, más desprovista de la impronta adulta, de sus preocupaciones y sus intereses, para dar lugar a la causa de los niños.

Por último, y a modo de sugerencia, les dejo dos prácticas. La primera: traten de evocar su infancia, cuáles eran sus temores, sus fantasías, sus mayores placeres. La segunda: intenten mirar el mundo desde la perspectiva de su hijo. Sentarse en el piso, ponerse a su altura, recostarse en su cama, pasar el rato en su rincón favorito de juegos suele darnos otra óptica del mundo. Probablemente esto nos deje mucho más cerca de donde deseamos estar: junto a ellos.

martes, 13 de agosto de 2013

FUNCION PATERNA

Cuando incluso mucho, puede parecer insuficiente

“No me cabe concebir ninguna necesidad tan importante durante la infancia de una persona que la necesidad de sentirse protegido por un padre”
Sigmund Freud

“Sin papá estamos fritos”
Juan Cruz, 6 años

Superhéroes, poderosos, de fuerza inacabable, puro coraje y valentía. Tal es, en el imaginario infantil, el lugar que ocupa la impronta paterna. Sin embargo, cuan contradictoria es esta visión del “papá Superman” con la habitual visión femenina respecto a los padres en cuestión, y con el lugar que ocupan para el adolescente. ¿Sucede acaso que los niños están engañados? ¿Las mamás esperamos más de la cuenta? ¿Es el padre de hoy un padre ineficaz? El psicoanálisis dirá que la función paterna está destinada al fracaso y aún así la considera fundante y estructural para el psiquismo humano. Veamos, entonces,  a qué se refiere tal aparente contradicción.
En primera instancia, una salvedad. Notarán que nos referimos muchas veces a la función paterna y no estrictamente a los padres. Esto es decir que esta función paternante no necesariamente está desarrollada por el padre biológico, sino que puede ser encarnada por cualquier persona significativa para esa mamá, incluso por una idea, un rasgo, una institución. Porque para el psicoanálisis, es fundamental recordarlo, la paternidad (como así también la maternidad) no es un hecho biológico y natural guiado por el instinto, sino una inclinación psicológica que nace en relación a un ser necesitado de protección: el bebé.
Aclarado esto, nos preguntamos: ¿En qué consiste la función paterna? ¿Qué se espera, socialmente, de ese padre por advenir? Las respuestas pueden ser múltiples, de acuerdo al imaginario personal, subjetivo y particular de cada familia. Sin embargo, uno podría contestar, sin temor a equivocarse: TODO. ¿Cómo no va estar entonces condenada al fracaso? ¿Cómo cubrir con éxito una demanda tan desmedida? Lo que se espera, psicológicamente hablando de un padre es, básicamente, que proteja a su hijo de aquello para lo cual el mismo no está protegido, esto es: la angustia, la enfermedad, la muerte; lo accidental que irrumpe desorganizando la prosecución normal de la vida. Nada más y nada menos.  Viene a mi mente el recuerdo de la emotiva película de Benigni: “La vida es bella”, en dónde un padre retenido con su hijoen un campo de concentración, despliega una versión ficcionada de la realidad con la intención  de  velarle al pequeño los horrores de la guerra. Esto, que parece tan ajeno a nuestra realidad cotidiana, es una metáfora –tal vez excesiva- de los dramas de la infancia. La labilidad emocional y la vulnerabilidad del infante es tal, que existen muchísimos factores que pueden ser disruptivos de la estabilidad que éste necesita para el normal desarrollo de sus facultades. Así, pues, el padre será el garante del desarrollo infantil.
Anteriormente mencionaba que la función paterna se establece en relación a las figuras significativas para la madre. Tal vez sea ese un buen inicio para dar cuenta de cómo se va estableciendo dicha operación. Nace un niño y su primer y necesario universo es su mamá. Ésta deberá ponerse a tono con las necesidades del pequeño, lo cual implica un tiempo psicológico distinto, regresivo, que la distancia de la vida cotidiana. La madre se repliega, se ensimisma desde la gestación para empatizar y ponerse en sintonía con ese niño que dependerá masivamente de ella. Dicho proceso, naturalmente, implica que esta mujer desatienda ciertas cuestiones atinentes al sostén del quehacer cotidiano, como así también se vuelva extremadamente sensible, vulnerable y necesite reclinarse en alguna figura de protección que la sostendrá a ella para que ella pueda a su vez sostener ese bebé. Así, el primer rol paterno será ser el facilitador de la estabilidad materna, sustento fundamental del infans.  Superada la primera infancia, vía identificaciones y Edipo mediante, la función paterna abrirá el juego hacia la socialización, proveyendo identidad y herramientas para el desempeño grupal entre pares. De este modo, la seguridad que confiere a un niño ser la continuación de ese Otro idealizado, ser su heredero; como para una niña ser la elegida y mirada por un papá amoroso, facilita la entrada del pequeño al mundo. Antiguamente, esto tomaba forma bajo dos expresiones culturales: la herencia de un oficio, como representante del legado paterno al varón como herramienta para ser hombre en el mundo; y la dote: representante simbólico del valor de esa hija para ese padre. Naturalmente, ese soporte que ofrece el padre se descorre en la adolescencia y adultez. La imagen de un padre poderoso y siempre eficaz es imposible de sostener, afortunadamente, para siempre. Y decimos afortunadamente porque ¿quién no se sentiría empequeñecido ante Otro siempre poderoso? En esta etapa, la función paterna consistirá entonces,  ya no en velar la angustia frente a los avatares cotidianos sino mostrarse atravesados por ellos mas no por eso inermes; es el manejo de la angustia y no su falta lo que indica el camino a seguir .La función declina,  por ello que  dice Lacan que del padre hay que servirse primero para poder prescindir después.
Vemos entonces porque para el psicoanálisis esta función se destina al fracaso: se trata de crear un velo destinado a descorrerse. Hay algo de desmedido en la expectativa sobre este rol que hace del resultado siempre una versión, a su modo, perfectamente imperfecta de presentar la realidad. Los verdaderos fracasos de la función paterna  se dan cuando la exposición a los aspectos mas crudos de la vida se hacen presentes, allí donde el niño no cuenta con las herramientas aún para procesarlo. O por la contraria, cuando la veladura es tan hermética que no hay una trasmisión de un legado, como un mago que no revela su truco y nos deja atónitos y empequeñecidos. Allí, sí, entonces, sobrevendrán las consecuencias de esta operación no lograda: la angustia, los panic attack,  las adicciones.

Finalmente, cabe recordar que quien encarna dicha función (insostenible por definición) está tan inerme frente a lo eventual como todos los demás, lo único que cuenta a su favor es el amor que lo lleva a hacer de su familia la causa de su deseo, y el amor que este accionar genera en sus hijos. Este es su mayor legado, su mas valiosa herencia. Después de todo, los Beatles no estaban tan errados. All you need is love. Nada más. 

viernes, 19 de abril de 2013

15 pasos para una infancia feliz



  1. ¿Cuál es la mejor manera de aprender los colores? Compartiendo caramelos. 
  2. ¿Y de aprender a leer? El cuento para irse a dormir. 
  3. ¿De amar las matemáticas? Escuchando música. 
  4. ¿Y de hacer ejercicio? Bailando al compás. 
  5. Nada enseña geografía como un buen viaje, ni historia como merendar con los abuelos. 
  6. ¿Cómo infundimos autoestima? Demostrando amor. 
  7. ¿Y modales? Con el trato cotidiano. 
  8. ¿Cómo logramos que se comprometan con el estudio? Mostrando interés. 
  9. ¿Y que sostengan un proyecto? Confiriéndole importancia a sus deseos.
  10. ¿Y cómo evitamos la discriminación? Permitiéndoles ser distintos. 
  11. ¿Cómo se previene el maltrato? No subestimando.
  12. ¿Y el abuso sexual? Respetando la intimidad.
  13. ¿La promiscuidad adolescente? Brindando afecto y valoración.
  14. ¿Y la frustración? Sabiendo reconocer el error.
  15. ¿Cómo se trasmite el valor de la familia? Con apoyo incondicional. 

La familia es la escuela irreemplazable, diseña el mundo del niño. Tomemos conciencia.

domingo, 14 de abril de 2013

Alerta bullying

Reflexiones ante un fenómeno en aumento


Las cifras generan preocupación justificadamente. El bullying o acoso escolar es un fenómeno en franco aumento que hoy dista de ser una problemática ajena, propia de un film estadounidense. Las estadísticas demuestran que la Argentina, junto con Perú, Chile, Bolivia y México a la cabeza,  son los países dentro de Latinoamérica con mayor incidencia. Actualmente,  entre un 50 y un 30% de los escolares (variando según la zona de residencia) declaran haber sido víctimas en algún momento de acoso por parte de sus compañeros, mientras un 60% asegura haber presenciado situaciones de maltrato.
El bullying se caracteriza por el hostigamiento  de un niño por parte de un par, prolongado a lo largo del tiempo, ya sea en forma de insultos, motes, amenazas, aislamiento social, destrucción de los objetos personales  o violencia física.  Se observa con mayor frecuencia entre varones, los cuales son mas propensos a la agresión física; que entre mujeres, que suelen preferir el aislamiento social; siendo el sector medio de la población escolar (de los 11 a los 14 años) la franja etaria con mayor incidencia aunque se reportan cada vez con mayor frecuencia casos que rondan los 7 años como edad de iniciación y pueden rastrearse conductas asociadas hasta el nivel inicial o Jardín de Infantes. Las consecuencias inmediatas: angustia, retraimiento, timidez, bajo desempeño escolar, ausentismo. A largo plazo: deserción escolar, depresión infantil/adolescente, conductas agresivas por parte de la víctima (como represalia) y hasta conductas autodestructivas incluyendo suicidio. Todas ellas, de la primera a la última, de la suficiente envergadura como para concentrar la atención de psicólogos, pedagogos y educadores, que, a pesar de los esfuerzos dedicados al estudio, tratamiento y prevención del fenómeno, no han logrado a la fecha detener la escalada. ¿Por qué? Una posible respuesta viene de la mano del análisis de los perfiles de las víctimas, de los abusadores y de los medios en dónde se presenta.
 El niño víctima de bullying suele ser retraído, tímido, poseer un entorno empobrecido, sin demasiado sostén social, proviene de hogares sobreprotectores, con familias absorbentes, sin mayor apertura a la comunidad. Puede pertenecer a una minoría social o presentar dificultades o “defectos”  que lo hagan blanco de las burlas, pero esto último no es excluyente. Lo que caracteriza a la víctima de bullying es ser “presa fácil”, no haber desarrollado la habilidad para defenderse de los posibles ataques de forma efectiva y aceptada, ya sea por haber recibido una educación muy restrictiva, o por no contar con los recursos necesarios para rodearse de un grupo de pares que le confiera estabilidad, apoyo y una imagen positiva de sí mismo.  Tampoco el hostigado suele tener la sensación de ser importante para sus adultos, por lo cual no recurre a ellos en busca de ayuda, más bien, cree merecer  en alguna medida el maltrato.
A su vez, el acosador suele ser un niño inestable emocionalmente, con una gran avidez de mirada y popularidad. Su entorno familiar suele ser poco afectivo, por lo general no  estrictamente por falta de amor, sino más bien por primar un modo comunicacional  que no da lugar a las emociones,  considerando la demanda de atención y cariño en exceso infantil, generalmente,  se les exige ser más “maduros” de lo esperable. Otras, las mas severas, el niño es víctima en su hogar del maltrato y agresión que recrea con sus pares a modo de descarga. Sea cual fuera el modo afectivo, el bully es un niño con un pobre control de sus impulsos y de su ira, con pautas de comportamiento social poco claras y estables, que no ha incorporado el suficiente respeto por la autoridad y la norma social, primando la ley “de la calle”. Muy frecuentemente, al menos uno de los padres de este niño ha sufrido algún grado de exposición a la violencia en la infancia, lo que redunda en el deseo trasmitido al niño, consciente o inconscientemente, de “imponerse” socialmente. Frases como “si no les demostrás quien sos te toman de punto” o “si alguien se mete con vos, defendete” están a la orden del día.
Finalmente, el medio en donde estas situaciones tienden a darse con mayor frecuencia tiene características específicas. Son instituciones en dónde la sanción a este tipo de faltas es infrecuente o escasa, ya sea por temor a la reacción de los padres, por falta de información respecto al alcance de las consecuencias, o, en términos generales, por tender a  dejar que los chicos resuelvan por sí solos todo tipo de conflicto sin intervención adulta. De ese modo, va consolidándose la idea entre el alumnado de que se trata de una falta menor, sin injerencia en el quehacer del adulto, induciendo a la víctima a desestimar la denuncia del maltrato y confiriendo al acosador de una  falsa sensación de normalidad en su conducta.
La clave, entonces, parece estar como siempre en la prevención. ¿Y cómo? Básicamente, con las pautas de crianza que se transmiten desde la primera infancia. ¿Y cuales? A continuación, algunas de las principales:
Demostrarle cotidianamente a nuestros hijos y alumnos que TODO lo que tengan para comunicar es importante para nosotros. Bajo ningún criterio subestimar su malestar, por menor o injustificado que sea; mas bien alentarlo a compartir la situación y resolverla.
Permitir la expresión de sentimientos falsamente llamados “negativos” pero encauzarlos, ayudando a buscar una forma de expresión no violenta y socialmente aceptada.
Fomentar la actividad social con pares tempranamente: a mayor entrenamiento, mayor destreza.
No instalar como hábito la defensa por mano propia como modus operandi, mas bien, enseñar el amor y respeto a la autoridad.
Esto último vale no solo para los chicos en la escuela, sino para cada uno de nosotros en la vida cotidiana. Recordemos, ellos siempre están observando.
No subvertir la autoridad escolar. Si nosotros atropellamos sus normas, tarde o temprano ellos lo harán.
No “demonizar” al chico que atraviesa un problema de conducta, ni permitir que nuestros niños lo hagan. En primer lugar, nadie está exento de estar en ese lugar alguna vez. En segundo lugar, hacerlo sólo genera la estigmatización que genera más enojo, por ende peor conducta.
Fundamental: recordar que el niño con problemas de conducta es tan niño como los otros, en consecuencia tan necesitado de cuidados, valoración y apoyo como los todos, (o más).
En caso de detectar algún incidente evitar la confrontación directa con los padres del agresor, menos aún con el niño en cuestión (aunque parezca mentira es muy frecuente) y comunicar a las autoridades a cargo.
En caso de que el maltrato se lleve a cabo en un ámbito no reglado, dirigirse a los padres del niño con el que se tuvo el conflicto de modo no acusatorio ni confrontativo, sino conciliador.
A modo de reflexión:
La avanzada de problemáticas sociales como el bullying es una ventana a nuestro vivir cotidiano, a nuestros usos y costumbres, nuestros fantasmas, miserias y estigmas. Antes de enarbolar las banderas del espanto, ¿no sería mas sincero mirarse en ese espejo y ver cuánto de nosotros mismos vemos allí? Las problemáticas infantiles suelen ser el fiel reflejo del malestar del adulto: descreído, a la defensiva, habitando la sociedad como un medio hostil, más preparado para la defensa que para el encuentro. Tal vez convenga comenzar por allí. Como, dicen, dijo Buda alguna vez: “Para enderezar lo torcido, primero debes hacer lo mas difícil: enderézate a ti mismo”.

martes, 9 de abril de 2013

LA LETRA QUE CURA

Función terapéutica del cuento (taller)


El hábito (y placer) de la lectura está cayendo en desuso. Ante el avance invasivo de la tecnología, la lectura y producción de cuentos e historias es cada vez mas ajena a la cotidianeidad del niño actual, quedando asociada sólo a lo escolar, al estudio “obligatorio”, a la mera información. La pérdida no puede ser mayor. Es la intención de este taller recuperar la instancia lúdica de la palabra y su irremplazable valor para un desarrollo saludable en la infancia. Trabajaremos sobre conceptos teóricos pero también sobre la práctica espontánea de la narración y la producción personal.

PROGRAMA:
1er encuentro: 
Eje teórico
Breves nociones sobre el psiquismo humano
Lo traumático
Lo simbólico, la palabra, la red del lenguaje
Importancia de la adquisición de la cultura y el lenguaje en el niño
La sublimación: transformar lo imposible en posible (de decir)
Eje práctico
Análisis de cuentos clásicos infantiles. (La bella durmiente, Hansel y Gretel entre otros.)

2ndo encuentro:
Eje teórico
Desplazamiento y condensación, metáfora y metonimia: cómo “disfrazar” un contenido.
La identificación. Características del héroe.
La descarga y la reparación. Importancia del equilibrio.
Sincronía y diacronía de los cuentos terapéuticos.
Eje práctico
Producción de un pequeño texto.
Por último, y para reflexionar: ¿Qué herramientas provee la literatura al desarrollo infantil?


Orientado a padres y docentes
Inicio: Junio 2013
Arancel: $150 
Cupos reducidos. Se requiere inscripción previa
Informes e inscripción: lic.salas@gmail.com
                                   www.criarycrecer.blogspot.com
O telefónicamente al 15 3599 7782

miércoles, 30 de enero de 2013

¡A la escuela!
Inserción escolar y comunidad educativa


Mochila nueva, cartuchera importada, cajas de lápices multicolores y todo el merchandising imaginable de Disney, Pixar y asociados.  Realmente, ¿es necesario todo eso para aprender? Sin dudas, influencia mas en el ánimo de los niños una oferta colorida y vistosa. Probablemente prefieran enfrentar una nueva etapa de la mano de sus personajes mas queridos (y en definitiva, identificatorios) Mas aún, socialmente, lo que se da en llamar portación de insignias, es decir, el tener objetos que son reconocidos y populares entre los pares, ofrece apoyatura, confiere seguridad y favorece la integración social. Aún así, limitar la preparación para la escuela a una lista de útiles escolares y uniforme nuevo parece no ser suficiente, empobrece, y nos deja la  sensación de no haber cumplido del todo nuestra parte.
La iniciación escolar es una etapa que generalmente resulta movilizante. Es considerada el paso definitivo a la niñez, lo cual significa la pérdida, tanto para el niño como para el adulto de lo que quedara del bebé, del infans. Y por tanto, como todo duelo, genera  dudas y ansiedad. No pocas veces el inicio escolar deja mas desconcertados a los padres que a los alumnos; resulta difícil saber dónde ubicarse, como acompañar, qué, en definitiva, necesitan nuestros hijos de nosotros. No existe una receta para el éxito, pero en términos generales, educadores, pedagogos y profesionales psi coincidirían en que la clave parece estribar en cuatro palabras: Paciencia, presencia, coherencia y confianza.
Comencemos por la paciencia. La escolarización es un proceso largo, que involucra no sólo la formación académica y la incorporación de nuevos conocimientos sino un proceso madurativo en donde se incorporan estrategias de aprendizaje, de adaptación, de independencia e inserción social. Forma parte importante de lo que se denomina socialización secundaria e implica la apertura a la comunidad extendida y el intercambio con las “microculturas” familiares que aporta cada niño. Es un gran paso y conlleva un enorme esfuerzo adaptativo con lo cual es de esperarse que tome tiempo, presente reveses,  contramarchas y sea, por momentos, angustiante. Por eso mismo hay que ofrecer apoyo, contención y ser muy, pero muy pacientes con el desempeño del niño. Hay un dicho que dice que cuando la impaciencia entra por la puerta la pedagogía sale por la ventana. Es importante no presionar, celebrar los logros y acompañar allí donde se presente dificultad, recordando principalmente que no todas las áreas del aprendizaje se dan a un mismo tiempo; más aún, que no todos los niños poseen los mismos tiempos madurativos ni las mismas aptitudes y que esto no es ni mejor ni peor.
En segundo lugar, presencia. Nadie disfruta enfrentar nuevos desafíos solo. Todos buscamos apoyo para nuestros emprendimientos. No sólo tutores y consejeros, sino también testigos, de algún modo, de nuestro crecimiento. Es que la mirada externa sostiene allí en donde aún me encuentro inseguro. Por eso uno comenta: “El lunes sin falta comienzo la dieta”, “Decidimos buscar un bebé”, “Queremos ahorrar para comprar nuestra casa”. No sólo es un anuncio. Es un pedido, una invitación, a no permitir que se claudique en ese deseo. La presencia parental sostiene a ese pequeño en sus ganas de aprender ahí donde surge la duda, la dificultad, los temores. Le garantiza que eso que le demanda tanto esfuerzo vale la pena, es lo correcto. ¿Significa esto que debemos hacer la escuela paso a paso con nuestros hijos? ¿Hacer la tarea? ¿Está condenado al fracaso el niño cuyos padres trabajan mucho y no siempre pueden “estar”? NO. Presencia es hacerles saber que pueden contar con nosotros, es demostrar nuestro interés, hacerles notar cuán importante es para nosotros su escolarización. Disfrutar una merienda a solas post colegio, mirar alguna carpeta, interesarse en conocer los nombres y particularidades de los docentes y compañeros que comparten gran parte del día con nuestro hijo suele ser suficiente. Formas hay tantas como padres. Lo importante es no desestimar, ni pensar que las cosas de la escuela se quedan allí y son problema de las maestras.
La coherencia, comúnmente,  es una de las actitudes más difíciles de sostener. No hace falta llegar a  desarrollar un doble discurso arrollador para que sea contraproducente para la educación escolar. Pero es necesario revisar nuestras propias actitudes hacia el aprendizaje,  la escuela y la tarea para tener en cuanta que bagaje le trasmitimos a nuestros niños.  Frases como “pobre, ahora se le acabó lo bueno” o “que lástima que ya termina el jardín, ya no van a jugar tanto” o “ahora pasan a tener muchas obligaciones” trasmiten la falsa sensación de que la escuela es algo indisfrutable, aburrido, opresivo, que sólo puede soportarse como obligación. Nada más alejado de la verdad. El niño en edad escolar necesita y busca naturalmente aprender y toda su libido que otrora se centrara en la resolución de la problemática edípica,  en el armado del entramado familiar, en esta etapa se vuelca hacia el mundo y si esa natural inclinación se contraría aparece el aburrimiento, el hastío, el fastidio…Basta observar a un pequeño en su último tiempo de preescolar para poner en evidencia que el estímulo y aporte que recibe le es insuficiente, lo que prima es la insatisfacción, la inquietud; dicen sus madres: “no se cansa con nada..”. Por otra parte, están las pequeñas incongruencias cotidianas que hacen al discurso poco consistente. Nos quejamos de que tardan en despertarse, pero los acostamos tarde; pretendemos que cumplimenten la tarea pero no enviamos los materiales en tiempo y forma; consideramos una falta grave la desobediencia a la maestra pero somos los primeros en contradecirla; esperamos que disfruten los actos pero nos quejamos del costo del disfraz…
Por último, y fundamental, la confianza. Elegir una institución educativa es una inversión en el futuro de nuestros hijos. Del mismo modo en que a nadie se le ocurriría comprar acciones de una empresa y gritar a los cuatro vientos lo deficiente que es, las críticas exageradas al colegio, directivos y maestros socavan el vínculo amoroso que el chico necesita establecer con su entorno para poder aprender debidamente. Las dudas o pequeñas insatisfacciones que seguramente surgirán en el trascurso de la formación escolar del niño es deseable que sean esclarecidas en un ámbito de buen trato y  mutua cooperación. Es imprescindible lograr este acto de confianza que representa sostener, a pesar de las diferencias, la elección de la institución que elegimos para educar a nuestros hijos  y si llegara a hacerse cuesta arriba tal vez sea el momento de reevaluar si estamos en la institución adecuada, o si por el contrario,  nuestras expectativas son excesivas.
No es fácil no incurrir en ninguna falta. Casi imposible, diría, a lo largo de la extensa vida escolar. Pero bien vale la reflexión. Después de todo se trata –nada mas y nada menos- de las herramientas que les ofrecemos para su futuro.