Las cifras generan preocupación justificadamente. El bullying o acoso escolar es un fenómeno en franco aumento que hoy dista de ser una problemática ajena, propia de un film estadounidense. Las estadísticas demuestran que la Argentina, junto con Perú, Chile, Bolivia y México a la cabeza, son los países dentro de Latinoamérica con mayor incidencia. Actualmente, entre un 50 y un 30% de los escolares (variando según la zona de residencia) declaran haber sido víctimas en algún momento de acoso por parte de sus compañeros, mientras un 60% asegura haber presenciado situaciones de maltrato.
El bullying se caracteriza por el hostigamiento de un niño por parte de un par, prolongado a lo largo del tiempo, ya sea en forma de insultos, motes, amenazas, aislamiento social, destrucción de los objetos personales o violencia física. Se observa con mayor frecuencia entre varones, los cuales son mas propensos a la agresión física; que entre mujeres, que suelen preferir el aislamiento social; siendo el sector medio de la población escolar (de los 11 a los 14 años) la franja etaria con mayor incidencia aunque se reportan cada vez con mayor frecuencia casos que rondan los 7 años como edad de iniciación y pueden rastrearse conductas asociadas hasta el nivel inicial o Jardín de Infantes. Las consecuencias inmediatas: angustia, retraimiento, timidez, bajo desempeño escolar, ausentismo. A largo plazo: deserción escolar, depresión infantil/adolescente, conductas agresivas por parte de la víctima (como represalia) y hasta conductas autodestructivas incluyendo suicidio. Todas ellas, de la primera a la última, de la suficiente envergadura como para concentrar la atención de psicólogos, pedagogos y educadores, que, a pesar de los esfuerzos dedicados al estudio, tratamiento y prevención del fenómeno, no han logrado a la fecha detener la escalada. ¿Por qué? Una posible respuesta viene de la mano del análisis de los perfiles de las víctimas, de los abusadores y de los medios en dónde se presenta.
El niño víctima de bullying suele ser retraído, tímido, poseer un entorno empobrecido, sin demasiado sostén social, proviene de hogares sobreprotectores, con familias absorbentes, sin mayor apertura a la comunidad. Puede pertenecer a una minoría social o presentar dificultades o “defectos” que lo hagan blanco de las burlas, pero esto último no es excluyente. Lo que caracteriza a la víctima de bullying es ser “presa fácil”, no haber desarrollado la habilidad para defenderse de los posibles ataques de forma efectiva y aceptada, ya sea por haber recibido una educación muy restrictiva, o por no contar con los recursos necesarios para rodearse de un grupo de pares que le confiera estabilidad, apoyo y una imagen positiva de sí mismo. Tampoco el hostigado suele tener la sensación de ser importante para sus adultos, por lo cual no recurre a ellos en busca de ayuda, más bien, cree merecer en alguna medida el maltrato.
A su vez, el acosador suele ser un niño inestable emocionalmente, con una gran avidez de mirada y popularidad. Su entorno familiar suele ser poco afectivo, por lo general no estrictamente por falta de amor, sino más bien por primar un modo comunicacional que no da lugar a las emociones, considerando la demanda de atención y cariño en exceso infantil, generalmente, se les exige ser más “maduros” de lo esperable. Otras, las mas severas, el niño es víctima en su hogar del maltrato y agresión que recrea con sus pares a modo de descarga. Sea cual fuera el modo afectivo, el bully es un niño con un pobre control de sus impulsos y de su ira, con pautas de comportamiento social poco claras y estables, que no ha incorporado el suficiente respeto por la autoridad y la norma social, primando la ley “de la calle”. Muy frecuentemente, al menos uno de los padres de este niño ha sufrido algún grado de exposición a la violencia en la infancia, lo que redunda en el deseo trasmitido al niño, consciente o inconscientemente, de “imponerse” socialmente. Frases como “si no les demostrás quien sos te toman de punto” o “si alguien se mete con vos, defendete” están a la orden del día.
Finalmente, el medio en donde estas situaciones tienden a darse con mayor frecuencia tiene características específicas. Son instituciones en dónde la sanción a este tipo de faltas es infrecuente o escasa, ya sea por temor a la reacción de los padres, por falta de información respecto al alcance de las consecuencias, o, en términos generales, por tender a dejar que los chicos resuelvan por sí solos todo tipo de conflicto sin intervención adulta. De ese modo, va consolidándose la idea entre el alumnado de que se trata de una falta menor, sin injerencia en el quehacer del adulto, induciendo a la víctima a desestimar la denuncia del maltrato y confiriendo al acosador de una falsa sensación de normalidad en su conducta.
La clave, entonces, parece estar como siempre en la prevención. ¿Y cómo? Básicamente, con las pautas de crianza que se transmiten desde la primera infancia. ¿Y cuales? A continuación, algunas de las principales:
• Demostrarle cotidianamente a nuestros hijos y alumnos que TODO lo que tengan para comunicar es importante para nosotros. Bajo ningún criterio subestimar su malestar, por menor o injustificado que sea; mas bien alentarlo a compartir la situación y resolverla.
• Permitir la expresión de sentimientos falsamente llamados “negativos” pero encauzarlos, ayudando a buscar una forma de expresión no violenta y socialmente aceptada.
• Fomentar la actividad social con pares tempranamente: a mayor entrenamiento, mayor destreza.
• No instalar como hábito la defensa por mano propia como modus operandi, mas bien, enseñar el amor y respeto a la autoridad.
• Esto último vale no solo para los chicos en la escuela, sino para cada uno de nosotros en la vida cotidiana. Recordemos, ellos siempre están observando.
• No subvertir la autoridad escolar. Si nosotros atropellamos sus normas, tarde o temprano ellos lo harán.
• No “demonizar” al chico que atraviesa un problema de conducta, ni permitir que nuestros niños lo hagan. En primer lugar, nadie está exento de estar en ese lugar alguna vez. En segundo lugar, hacerlo sólo genera la estigmatización que genera más enojo, por ende peor conducta.
• Fundamental: recordar que el niño con problemas de conducta es tan niño como los otros, en consecuencia tan necesitado de cuidados, valoración y apoyo como los todos, (o más).
• En caso de detectar algún incidente evitar la confrontación directa con los padres del agresor, menos aún con el niño en cuestión (aunque parezca mentira es muy frecuente) y comunicar a las autoridades a cargo.
• En caso de que el maltrato se lleve a cabo en un ámbito no reglado, dirigirse a los padres del niño con el que se tuvo el conflicto de modo no acusatorio ni confrontativo, sino conciliador.
A modo de reflexión:
La avanzada de problemáticas sociales como el bullying es una ventana a nuestro vivir cotidiano, a nuestros usos y costumbres, nuestros fantasmas, miserias y estigmas. Antes de enarbolar las banderas del espanto, ¿no sería mas sincero mirarse en ese espejo y ver cuánto de nosotros mismos vemos allí? Las problemáticas infantiles suelen ser el fiel reflejo del malestar del adulto: descreído, a la defensiva, habitando la sociedad como un medio hostil, más preparado para la defensa que para el encuentro. Tal vez convenga comenzar por allí. Como, dicen, dijo Buda alguna vez: “Para enderezar lo torcido, primero debes hacer lo mas difícil: enderézate a ti mismo”.