“Yo soy yo y mi
circunstancia y sino la salvo a ella no me salvo yo” rezaba Ortega y Gasset.
Con esta expresión, el filósofo español se refería a su particular modo de
concebir al hombre. Éste, según el autor, no es sino “en el mundo”, parte
inseparable de su entorno, condicionado por su historia, su cultura, su época;
a la vez que su destino y tarea es modificar aquello que lo circunda.
Para
el psicoanálisis, el ser humano está condicionado no sólo por su constitución
(genética y hereditaria), sus experiencias infantiles y su situación actual
(triada que denominamos series complementarias), sino que va aún mas allá y
plantea que somos precedidos por el lenguaje, por nuestra cultura, que somos “hablados”
por un otro que nos nomina. Detengámonos momentáneamente aquí. ¿Qué significa
esto? Que nuestra identidad nos precede. Desde el mismísimo instante en que se
abre en una mujer el deseo de un hijo. Mas aún si se quiere, desde que, jugando
con muñecas, esta mujer se fue pensando a sí misma como madre. Esa es nuestra
prehistoria. Desde ese momento, comenzará a configurarse la fantasía de cómo
será ese niño y se ira plasmando, por ejemplo, en la elección de un nombre.
Ya
nacido, es el mundo adulto el que decodifica la demanda infantil y le provee
significación creando, modelando, una identidad que este niño adoptará como
propia. De este modo, uno transmite tanto consciente como inconscientemente,
deseos, gustos, frustraciones, temores...como diría Serrat, “con la leche
templada y en cada canción”. Y no sólo es inevitable, es una operatoria
necesaria. Nada mas terrible para un niño que nadie le desee nada, que nadie
tema por él, que nadie lo considere su prolongación. Pensemos en los cuentos
infantiles. En un gran número de ellos el recién nacido recibe dones, conjuros,
hechizos, augurios, apenas en la cuna, que condicionan su destino. Pues bien,
en la vida real tenemos estas cuestiones que en los padres aparecen como deseo,
como faltantes, como carencias o imposiciones y se trasladan a sus hijos
configurando el mandato, con el cuál, (ay!)
deberemos vérnoslas de adultos. Pero en los tiempos primordiales de la gesta de
un niño, el mandato es la indispensable “guía práctica” de cómo ser en el
mundo. Ya llegará el tiempo (la adolescencia) de cuestionar estas máximas.
Claro…hay
mandatos y mandatos. Y a eso me refiero cuando digo un hijo “especial”. A esos
niños que, por la historia que los precede, por las circunstancias de su
nacimiento, recae sobre ellos un mandato que los ubica en un lugar en el cual
quedan retenidos por el goce materno. Chicos que, por las mismas
características de esta identidad conferida por la mirada adulta, les queda
velada la salida, el cuestionamiento, la separación que les es necesaria para
diferenciarse y crecer. Entonces, el prematuro es “tan chiquito que hay que
cuidarlo más”, el gestado por fertilización asistida es “un milagro”, el que
nace cercano a una pérdida importante se transforma en “un motivo por el cual
vivir”, el que nace con alguna enfermedad o discapacidad es “el que necesita
cuidados especiales” y la lista podría continuar. Creo que todos podremos
coincidir en que son lugares muy difíciles de sostener, alienantes, excesivos, mas aún para una criatura. ¿Quiere
decir esto que esos pequeños que nacen en estas circunstancias particulares están
condenados a portar estas identidades que lo atan para siempre a sus padres? No
necesariamente. Una buena amiga nació muy prematuramente, en una época en la
cual no existían los avances tecnológicos de hoy. Fue un bebé de altísimo
riesgo, recibió asistencia extrema en los meses en los cuales su vida pendía de
un hilo. Y sin embargo… sin embargo esto le mereció el título de luchadora, no
de débil y vulnerable. Y sin dudas lo es. A lo que hago referencia entonces es
que dependerá de cómo atraviesen esas circunstancias particulares los adultos a
cargo. A menudo se habla del síndrome de “el niño de oro”. Esto se genera
cuando el deseo y el aferramiento a ese chiquito son tan masivos que redunda en
cuidados excesivos, en ausencia de límites, en sobreprotección alienante.
No
es fácil. En absoluto. La angustia de una mamá al dejar a su nene en
Neonatología puede ser inmensa. Asusta que ese pequeñito que tuvo o tiene
alguna enfermedad severa retome su vida normal. Cuesta, infinitamente, hacer a
un lado los duelos y el dolor personal para
brindarse a ese hijo. No siempre
es un acto de voluntad. La alternativa es asumir la realidad que nos toca, no
negar los sentimientos que nos suscita (que son absolutamente válidos y
normales) y ponerlos a trabajar. En primera instancia, reclamar el derecho a un
trato humanizante que contemple los aspectos psicológicos tanto del niño como
de sus padres en partos, intervenciones, internaciones, seguimientos médicos.
En segundo lugar, acudir a la ayuda especializada de psicólogos perinatales para
atravesar estas circunstancias. Y por último, recordar que nunca es tarde para
desandar el camino. Viene bien cada tanto sentarse a conocer a nuestros hijos,
a observarlos, a escucharlos y aprender a descifrar juntos quién y cómo quiere
ser y acompañarlo en esa aventura.
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